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La historia del Puente Mihura, que conectó Esperanza con Santa Fe

Numerosos acontecimientos y anécdotas ocurrieron en la conexión vial que pasa sobre el Río Salado. Desde una batalla entre unitarios y federales, hasta la visita del ex presidente de la Nación, Domingo Faustino Sarmiento. Detalles.

Se trata de una vieja conexión vial que unió la ciudad de Santa Fe con la primera colonia agrícola del país, Esperanza. En la actualidad, sólo quedan algunas estructuras y, cuando el río baja, se las puede recorrer. Al cruzar el puente (requiere escalar), unos 100 metros para el Este se puede caminar por un sendero cubierto de matorrales que conduce a otro viaducto, más pequeño, que funcionaba como aliviador del principal. Su grado de deterioro es mayor: sólo quedaron los tirantes y algunos postes de madera.

Aprovechando la actual bajante, El Litoral fue hasta el lugar y visitó la zona.

Paso obligado

Desde la fundación de Esperanza (1856), los pobladores de aquel entonces eligieron el Paso de Mihura (como se lo conocía hasta la construcción del puente) para cruzar el río y llegar a Santa Fe. En aquellos tiempos aprovechaban que en ese sector el río Salado hace un meandro, es decir una curva pronunciada y no era tan profundo; por lo que era posible cruzarlo por su lecho sin mayores dificultades. (N.del R: actualmente el cauce principal del río se corrió hacia el Este).

La pujante colonia, a 10 años de su creación tenía unos dos mil habitantes, obligó a pensar una conexión más certera hacia la capital de la provincia. Fue entonces que apareció en escena Christian Claus (también conocido como Clausen), un ingeniero civil alemán que llegó a la provincia en 1858 junto a tres hermanos. El inmigrante se instaló en Esperanza y con sus proyectos formó parte de la fundación de otros pueblos, como Pilar, Nuevo Torino, Progreso. En 1864, Claus junto a Carlos Müller (otro colono) llegaron a un acuerdo con el gobierno santafesino para levantar un puente sobre el río Salado, que conecte la colonia con la ciudad capital. Dicho convenio quedó reflejado en un contrato entre las partes, que se puede leer completo en el libro “La ciudad de Esperanza. Historia documentada e ilustrada” de Pedro Grenón.

Entre los principales puntos, se destaca que “el gobierno concederá a los contratantes la autorización de percibir el derecho de peaje por cuenta de ellos, durante el término de 15 años consecutivos desde esta fecha (desde 1864 hasta 1879)”. Quizás este punto sea el más novedoso para aquellos años: el puente tendría un cobro para su utilización y se convertiría en un sistema pionero en la región y el país. Otro “beneficio” para los constructores quedó establecido en el artículo 7°: “Durante el tiempo del privilegio (1864 a 1879), el Gobierno no permitirá la creación de otro puente sobre el Río Salado en el radio de una legua”. Mientras que el octavo punto del convenio asegura que “también prohibirá el Gobierno el establecer pasajes para el público (al través del río) en chatas o en canoas”; de esta manera el Mihura se convertía en el paso exclusivo a Santa Fe.

Al mismo tiempo, el gobierno provincial dispuso del siguiente tarifario para el cruce:

Por un carro de colonos cargado, 2 reales.

Por un carro vacío, 1 real.

Por una carreta cargada, 3 reales.

Por una carreta vacía, 1 real.

Por una persona con caballo, 1/2 real.

Por cada 12 cabezas de ganado, 2 reales.

Por cada 12 cabezas de ovejas, 1 real.

El puente Mihura fue inaugurado dos años después de la firma del convenio. Es decir en 1866 y estuvo en funcionamiento durante veinte años. Los historiadores explican que una creciente en 1886 lo dejó prácticamente inutilizable.

Roturas y peligro

Como se dijo anteriormente, las inundaciones le complicaron la vida útil a este puente; lo que requirió que en varias oportunidades las autoridades debieran reparar el camino. Con la llegada del siglo XX y la aparición de los primeros vehículos motorizados en la región, el viaducto incrementó sus inconvenientes.

La peligrosidad para quienes lo cruzaban quedó expuesta en publicaciones de diarios locales de la época. Por ejemplo, diario Santa Fe de enero de 1912 contaba que “el paso era imposible por el estado en que se encuentran los terraplenes con las frecuentes lluvias”.  Un comentario similar publicó el mismo periódico en 1921; “El puente está en mal estado y necesita se le arregle. Es un peligro para quienes deben transitar yendo o viniendo de Esperanza”. Y agregaban: “Si no se hace algo, nada extraño sería que en cualquier momento se deba lamentar una desgracia”.

Para 1923, el citado medio daba a conocer que las autoridades informaban sobre arreglos en el Mihura. Fue en mayo de ese año y se explicaba que sólo restaban detalles para habilitar el tránsito sobre el viaducto. Sin embargo esos arreglos sólo duraron algunos años. En abril de 1929, diario El Orden titulaba: “El puente Mihura es un paso peligroso para los viajeros y debe ser reparado a tiempo”. En la nota, el viejo periódico de la ciudad detalló los problemas recurrentes en la orilla del Salado, entre los cuales se remarcó la falta de iluminación y baches. Un mes más tarde, el mismo medio se preguntaba “¿Quién arregla ese tramo?” y expuso (nuevamente) la peligrosidad de cruzar por el puente. “El mal estado del camino, el poco ancho del paso y la oscuridad se han puesto de acuerdo para provocar un accidente”, publicaron. Dos años más tarde, El Orden insistió con el tema: “El Mihura no ofrece seguridades al tráfico que en toda época es intenso”. El artículo, además, hizo las veces de reclamo para que intervenga el gobierno nacional para mejorar la traza aquí mencionada y otras de la región.

Un molino, el sueño de Claus

Pocos metros antes de llegar al primer puente, se levanta la vieja casa familiar, donde nacieron los hijos mayores de Christian Claus y Elisa Koch, matrimonio celebrado en 1867. Allí también vivieron Guillermina Claus y sus hijos. Así lo contaron los descientenes en un reportaje con El Litoral del año 1999. «Hizo construir dos molinos de agua, puentes y caminos, que facilitaban la vialidad de la colonia. Instaló una casa de ramos generales en 1883 y construyó el primer molino harinero», contó un familiar a este diario.

Además de una vivienda, el inmigrante levantó un molino hidráulico. Para lograrlo, según recuerdan viejas crónicas de este diario, improvisó una cascada, desviando aguas del Salado, para lo cual utilizó un canal cuyas márgenes fueron sostenidas con postes de quebracho. “Levantó la edificación donde molería trigo, invirtiendo 70.000 pesos bolivianos. La planta inició su labor, pero las variaciones del río no se compadecían de la empresa”, explicaba El Litoral en un artículo publicado a mediados de los ‘90.

El anhelo de Claus se vio definitivamente truncado cuando una crecida muy grande arrasó con las instalaciones. “Debió abandonar el intento ante los designios de la naturaleza. Inundaciones y algunos depredadores que se llevaron ladrillos fueron borrando buena parte de las ruinas”, agregaba la citada nota. Los últimos rastros que quedaron de esa estructura eran una vieja bóveda y dentro de ella un eje de hierro.

La casa: escenario de ricas historias

La estancia ubicada a pocos metros del puente fue la residencia de Claus durante los años que se levantó el viaducto, luego el ingeniero se radicó en otra zona. Posteriormente, la casa pasó a manos de la familia Carnevale. Ya en el siglo XX, el lugar fue un escenario cargado de historias.

“La casa funcionaba como un almacén de ramos generales y también era como un destacamento de la policía. Lo particular del lugar es que vendían pescado fresco, recién sacado del Río Salado. En la orilla, cerca o debajo del puente levantaron unos ‘ranchitos’ familias de pescadores y les llevaban la mercadería bien fresca. Entonces iba gente de la zona y hasta familias importantes, de buena posición económica; incluso llegaba gente de Rafaela”, le contó a El Litoral Mercedes Osti, hija de Rosa Grimm, quien vivió y trabajó allí.

Por su parte, Ana María Sampietro, nieta de Pedro Francisco Carnevale también charló con El Litoral y recordó algunas vivencias de sus familiares. “Mis bisabuelos son los que vivieron ahí, toda una rama de la familia nació en ese lugar. Mi madre se quedó hasta los 10 años, en ese entonces iban a la escuela a caballo hasta Empalme San Carlos. Y cuando algún conocido llegaba en tren, lo buscaban en sulky”, arrancó. Y prosiguió: “Debe haber sido uno de los primeros lugares que sirvió pescado frito, ‘chupín’ y tres o cuatro platos más. Era todo muy ‘rústico’ pero la novedad era comer el pescado fresco”, contó sobre el comedor que se armó en ese almacén de ramos generales que, además, también servía bebidas

Sampietro hizo mención a que su abuelo fue el último de los Carnevale que vivió en esa casa. Sus hermanos fueron migrando hacia Santa Fe u otra zona cercana. Entonces, en épocas de calor, “iban los parientes a la estancia, de vacaciones”, recordó.

Volviendo a la historia de la casa, Osti evocó: “Según me contaba (su madre) vecinos de toda la zona concurrían a abastecerse. En el sótano de la vivienda hacían chorizo y guardaban la mercadería. En esas circunstancias se conoció con quien sería mi padre, que en aquellos tiempos era carnicero y les vendía a los Carnevale”, aportó. “Mi mamá vivió ocho años en ese lugar, hasta que se casó y se mudó a Recreo. Hacía trabajos hogareños y era muy querida por los dueños de casa”. Además, comentó que doña Grimm siempre recordaba con pesar una gran inundación; “estuvieron un mes sin salir del lugar”, señaló Osti.

Sobre el destacamento policial, Sampietro aseguró que su abuelo, don Carnevale, era oficial y tenía un puesto en el lugar, una especie de sede de la fuerza. “Para la década de 1940 la casa contaba con un teléfono por ser un puesto de la policía. Como así también uno de los primeros autos en la zona”, comentó. A su turno, Osti agregó: “El destacamento funcionaba en un costado del inmueble, se entraba por una reja. Esa sede pertenecía a la ciudad de Esperanza y hasta tenía calabozos”.

De acuerdo a la reconstrucción de las entrevistadas, a principios de la década de 1950 la familia dejó el lugar, cansados de las reiteradas crecidas del río (y todos los problemas que trae aparejado) y la necesidad de vivir más cerca de la ciudad.

¿Pasó Sarmiento por el lugar?

Una particular anécdota ubica a uno de los próceres argentinos en el lugar que es eje de esta nota. En 1870, el presidente de la Nación de aquel entonces, Domingo Faustino Sarmiento, llegó a la ciudad de Esperanza y quedó “maravillado” por el progreso en la zona de las colonias. El relato popular indica que el estadista argentino se detuvo en la estancia de Claus pegada al Puente Mihura y pasó allí un tiempo. Como se explicó con anterioridad este fue un paso obligado entre la capital y el oeste provincial.

Combate

Unas décadas antes de la fundación de Esperanza y de la relatada llegada de Claus, en el Paso Mihura se produjo un combate entre unitarios y federales. Fue el 20 de octubre de 1840 cuando el general Ángel Pacheco atacó a las fuerzas unitarias comandadas por Juan Lavalle. El violento episodio ocurrió en los terrenos que posteriormente albergarían la estancia, el molino y el puente que levantó el alemán Claus. Historiadores coinciden en que fueron los federales quienes se impusieron en la batalla, ocasionando pérdidas importantes en las fuerzas de Lavalle.

En noviembre de 1918, el Centro Social y Deportivo de Esperanza organizó la primera carrera de autos en la región. En la oportunidad, el recorrido se estableció entre Esperanza y llegaba hasta el puente Mihura. Participaron cinco vehículos motorizados. En el 90 aniversario de la nombrada entidad, se reeditó la competición con autos antiguos; también desde la cabecera del departamento Las Colonias hasta el río Salado.

Fuente: El Litoral

Fotos: Gonzalo Zentner