El repentino fallecimiento del esperancino Sergio “Carota” Rohrmann en Mendoza provocó un profundo pesar en la comunidad.
En las últimas horas gracias a numerosos vecinos e instituciones que colaboraron se logró trasladar su cuerpo a la ciudad.
Entre muchos mensajes, a continuación compartimos uno muy emotivo que escribió el periodista Rubén Crippa para despedirlo.
Textual
Ché, murió “Carota”… esa frase comenzó a pasar de boca en boca cuando transcurría el atardecer del día de los “inocentes”. No jodas, hoy no es para hacer bromas, esta fecha tiene otro significado. Más de uno habrá respondido así, pero no era broma, era en serio.
La triste noticia se confirmó. Fue lejos de esta ciudad que lo vio nacer, fue en Mendoza, donde el gordo viajaba cada tanto para disfrutar de todo lo hermoso que ofrece esa provincia y encontrarse con un grupo de amigos que la vida le dio a través del básquetbol.
Quien no conoció a “Carota”; como él decía, me llamo “Carota”, me dicen Sergio; porque “manos mágicas” también tenía un nombre de pila, Sergio René pero dudo que todos lo supieran, era simplemente “Carota”.
Allá en el comienzo de los años 80 sufrió un accidente que le cambió la vida para siempre. Un infortunio le arrebató los dedos de una mano y en principio fue desgracia, pero el tiempo la transformó porque encontró miles de manos amigas que reemplazaron la suya.
El básquetbol fue su otra pasión, no como jugador, pero sí en la mesa de control. Cuando los equipos de nuestra ciudad se afiliaron a la Asociación Santafesina, empezó su historia; una historia, que, manejando el reloj, fue más allá de la ciudad gracias a su capacidad y especialmente su honestidad, por ello fue convocado para eventos internacionales en Santa Fe y la región.
Como publicara el periodista Leandro Buttarazzi en su web Marca Personal, un partido de básquet sin “Carota” en la mesa no era lo mismo y ahora ya será distinto para siempre. Su presencia, primero en su querido Alma Juniors y luego en Almagro, donde se ganó el respeto de todos, fue transcurriendo día a día, año a año y fue forjando al “Carota” que todos conocieron.
Su forma de ser fue ganando amigos en su club y en ocasionales rivales, también de los árbitros y comisionados técnicos; esa amistad que fue formando con el transcurrir del tiempo lo llevó a tener una familia enorme; mucho más grande de la que hubiese formado si alguna dama hubiese aceptado su propuesta.
Porque el gordo fue haciendo “su familia” a través del básquetbol, el destino no le dio hijos y tampoco sobrinos pero a partir de su impronta tuvo una familia enorme compuesta por personas de todas las edades a la que él quiso como suya y que hoy lloran su partida.
Se despidió de este mundo luchando contra una larga enfermedad que le hizo vivir atado a una máquina, pero con la suficiente libertad para disfrutar de esa familia de amigos en cada ocasión que pudo.
Habrá anécdotas que quedarán para siempre, como el “segundo más rápido” con Julio Lamas; las “pizzas” junto a Lotte en los viernes de radio o tus tiros de mitad de cancha, con efecto, que nadie pudo superar y me consta, le ganaste a todo un equipo en Charata; en el sur del país con “Cajón de Ginebra Grande”; los asados en lo de Natalio y tantas otras que pasarán al baúl de los recuerdos.
“Sonó la chicharra”, terminó su partido. El reloj se detuvo para siempre en el corazón de “Carota”, pero su alma seguirá presente cada vez que comience el juego y su memoria será eterna.
Algún día nos volveremos a encontrar para hacer juntos otra vez planilla y reloj en esas tardes interminables de inferiores.