Fue un lunes, cuando se mezcló un sentimiento incómodo en mi pecho, ese día sentí disminuidas las ganas de arrancar para hacer lo que tanto me gusta… Radio. Respire hondo, prepare el café de la mañana y comencé.
Cuando la luz de aire se encendió, pensé hoy es primera vez que voy a hablar ante la audiencia sin una presencia. Que difícil se nos hacía poder comunicar, elegir las palabras justas, gestionar la mezcla de sentimientos mientras el tiempo seguía avanzando sin grandes novedades.
Las redes sociales explotaban y los teléfonos de la radio no paraban de sonar, preguntas, malas palabras, suposiciones y slogans surgían todo el tiempo en una ciudad consternada.
Mientras la mañana seguía su rumbo llega la peor noticia, la que nadie quería escuchar, Agustina no está más, la mataron, de la manera más despreciable. Todo nos llevaba a que estábamos ante un nuevo femicidio en Esperanza, la ciudad en la cual nací y crecí, esa en la que tu papá te enviaba al quiosco a comprar la gaseosa, ibas y venías solo, no importaba la hora y no pasaba nada.
La mañana se tornó gris, un nudo en el estómago no nos permitía seguir. Silvia mi compañera de trabajo, me dice “vamos!!”, a pesar de todo, igual continuamos. Recibimos mensajes, con mucha música en al aire, hablamos con medios de todo el país que pedían nuestras palabras para contar lo sucedido. Fue una muerte más, una vida menos, un femicidio más de los tantos que nadie quiere ver, solo que este fue en mi ciudad. ¡Fue en Esperanza!
Mientras palabras, pensamientos y opiniones de todo tipo, llegaban a nuestra mesa de trabajo, también surgió la noticia de una marcha. Mientras leí la opinión de la audiencia solo pensé que Agustina nos quería decir algo, debíamos aprender, su vida debía dejar un mensaje.
Reflexión que emito al aire al finalizar nuestro programa, invitando a toda la diversidad esperancina, a unirnos bajo un nombre, enfocándonos en lo que nos une y no en las diferencias, de corazón a corazón sin importar de qué cuadro seas, a qué partido pertenezcas, ni qué pañuelo uses, todos debíamos ser Agustina.
El sentimiento ciudadano fue unánime, no alcanzó un día, fueron dos. Hoy Esperanza no es la misma, algo cambió, quedó un lugar que debe ser ocupado por todos nosotros, no importa tu color favorito, a Agustina no le importa.
Ya no hace falta decirnos, “podría ser tu hija”, “podría ser tu hermana”, “podría ser tu mamá”. Hoy lo son, nadie está exento de la desgracia.
Agus necesita, Agus quiere, Agus dice: ESPERANZA DEBE ESTAR UNIDA. Para que nunca nos vuelva a pasar, para cuidarnos, y para guardar su mejor recuerdo.
Los estoy viendo, sigo con ustedes.
Marcos Kappes