Esta sección a cargo del periodista esperancino Juan Manuel Sánchez (conductor de Siesta Líder por LT 9 de lunes a viernes de 14 a 16 y editor del portal Santafe24horas.com.ar) comenzó repasando la historia de la mítica firma Chelita y hoy continúa con una entrevista a Miguel Ángel Lorenzón, quien falleció pero dejó un legado repleto de historias vividas detrás del comercio familiar de Avenida Córdoba y Janssen.
En Esperancinos por un esperancino compartimos el material grabado hace tiempo, pero que por su relevancia social decidimos publicar hoy dentro de este nuevo espacio del portal líder de la región.
EL LUGAR DE TODOS
Una esquina con un almacén y bar que parece que siempre estuvo allí. Comercio tradicional de la ciudad que cuenta con su propia historia, la misma que alguna vez comenzó a escribir Bosch, cien años atrás, más tarde Pedro Mondini y desde 1944, Rafael Bolzico, Lorenzón y Settembrini.
A pocas cuadras de Plaza San Martín, donde alguna vez terminaba la colonia, hay una esquina que tiene un buzón que es acompañado por un comercio y la vida de todo un barrio: «Siempre el local estuvo en este lugar. Tiene más de cien años de vida activa. Lo comenzó la familia Bosch que después se trasladó a San Jerónimo Norte, también estuvo Pedro Mondini como dueño y desde 1944 tomó el negocio mi padre junto a Rafaela Bolzico, era una época donde el almacén era de ramos generales”, contó Miguel Lorenzón.
“Era almacén, bar y semillería, y con 12 años comencé a trabajar en el negocio. Las calles en su mayoría eran de tierra y el pavimento llegaba hasta Janssen, entonces los colectivos de la época como los carros y coches se movían por Avenida Córdoba y Janssen.
El lugar era parada obligada para familias y trabajadores. Las jardineras y sulkys quedaban enfrente, donde había campo, y las mujeres se cruzaban a realizar las compras de mercadería para todo el mes, mientras los caballeros se acodaban en la barra del bar y se tomaban un trago”, rememoró con un dejo de nostalgia Lorenzón.
“En la zona oeste estaba el Colegio San José y el Convento Santa Catalina, no había nada más. Los días de lluvia se inundaba todo y parecía un gran lago, aunque las personas se las ingeniaban igual para llegar. Acá se vendía todo suelto desde azúcar, yerba, harina o fideos”, agregó.

EL SABOR DEL ENCUENTRO
Hablar del bar de Lorenzón o del viejo Almacén y Bar San José es ingresar prácticamente al alma de cada uno de los habitantes de barrio Oeste: «El almacén tenía gran movimiento y era especial el bar, porque allí uno se encontraba con innumerables personajes e historias, todavía resuena en mi cabeza aquel ruido del liso tirado que se servía todas las noches.
Eran tiempos donde los bares tenían un lugar de importancia dentro de la sociedad y la gente concurría masivamente. Acá siempre el fuerte fue la gente de campo, aunque también se acercaban los vecinos de la ciudad. Además de tomar un trago se escuchaba la radio y se leía el diario, para enterarse de las noticias. Eran comunes las discusiones de fútbol, principalmente los domingos cuando se jugaban los partidos de Liga Esperancina.
Fuimos más grandes, más chicos, nos movimos, nos volvimos a acomodar, pero siempre nos mantuvimos en el mismo lugar y conservando el espíritu y con el acompañamiento del vecino y los clientes. Entre todos hicimos una gran familia que gracias a Dios perduró en el tiempo«, sostuvo Lorenzón apoyado sobre un mostrador testigo de innumerables historias.
TIEMPO Y ESPACIO
«Siempre seguimos como almacén y bar, tomamos la posta con mi hermano y le dimos para adelante. Los tiempos cambiaron y sin embargo continuamos con la tradición. Nos adaptamos a los momentos, las personas, todo fue variando y sin embargo pudimos amoldarnos, hasta las bebidas cambiaron y eso muchas veces fue un inconveniente a la hora de servir un trago.
Un claro ejemplo de lo que digo se dio por ejemplo con el Fernet Branca: antes se tomaba como un digestivo y hoy como una bebida más. Estaba el Nevuse, que según decían los viejos de aquella época era un digestivo y llegaban a tomarlo cuando estaban mal del estómago”, señalaba.

UNA TRADICIÓN
“Un conjuro contra la envidia y la mala suerte”, “para espantar los males del invierno”, son algunas de las míticas frases que rodean a la caña con ruda. Todos los 1° de agosto la tradición reza que se deben tomar tres tragos de este brebaje en ayunas, otros aseguran que el número es siete y en el caso de los valientes, un vaso.
Lo cierto es que la intención del ritual es atraer la salud, la suerte y alejar los maleficios. Si bien cada año más locales se suman a la tradicional movida, en Esperanza se celebra de manera especial en el Almacén y Bar Lorenzón, donde a la tradición le sumaron la cruzada solidaria y quienes pueden dejan dinero que se entrega a Cáritas de la Parroquia San José.
“Surgió con mi hermano y comenzamos a hacer algunas para tener en el bar, primero tres botellas, después seis y la gente se fue enganchando, así cada año se incrementó a tal punto que se transformó en una tradición que reúne a innumerables personas y se preparan cerca de 600 botellas por año.
“La tradición sigue pese al cambio de época, no me imagino un día sin vender algo del almacén o sin servir un trago sobre el mostrador, me parece difícil no hacerlo. Estoy pronto a jubilarme, pero seguiré trabajando al menos hasta el día que no me aguanten las piernas, son muchos años y además de mi medio de vida, junto a mi familia, el bar y almacén son mi vida, me crie acá adentro y no me veo haciendo otra cosa.

Solo espero que el día que me toque irme de esta vida sea trabajando detrás del mostrador donde soy feliz«, comentó Miguel Lorenzón, quien cumplió su palabra y si bien falleció, el legado y las historias que dejó tocan de cerca a miles de personas de la ciudad y alrededores, por eso rescatamos este mano a mano para el nuevo espacio denominado Esperancinos por un esperancino, donde Juan Manuel Sánchez rescata empresas y personas de hoy, y otras de hace años que siguen vivas en la memoria colectiva.


