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Sentido adiós de Germán Kahlow a un gran amigo, Sergio Sosa

Compartimos un texto acercado a Esperancino.com.ar por Germán Kahlow, un referente histórico del peronismo que en este caso despide a un gran amigo de la militancia y de la vida: Sergio Sosa.

 

CARTA DE ADIOS A MI AMIGO…

Como tu menuda estatura física guardaba en verdad un espíritu tan gigante, otra vez te adelantaste. Como siempre, abrirás las puertas primero, y desandarás otros caminos antes que nosotros. Para que cuando nos toque ir para allá, sepamos que un alma grande estará allí esperándonos para que todo esté bien.

Te conocí en el departamento de Gabriela, en la Av. Urquiza de la Ciudad de Santa Fe. Era una tarde de principios de 1997. Ella nos convocó a su casa para que trabajemos en la escritura de un anteproyecto de estatuto para la normalización de la JP de la Provincia de Santa Fe.

Nos hicimos amigos desde el principio y a lo largo más de 20 años de amistad compartimos todo lo que dos grandes amigos pueden compartir.

Eras un charlador inagotable, fantástico, inalcanzable. Podías hablar de todo y sobre cualquier tema. Historia, autos, geografía, fútbol, máquinas, biología, estadística, anatomía, química, literatura. Tu conocimiento general era amplio. Y te gustaba compartirlo generosamente sin vanagloriarte de ello. Eras un lector enrome, con una biblioteca hermosa. Tu gusto por el arte, la música y el cine fueron valorados por todos los que te conocían.

Pero tu gran pasión fue la política. Te dedicaste con todo tu ser a la política. Transitaste todo posible camino de participación. Dirigente estudiantil, militante de base territorial, autoridad partidaria, representante sindical, pre-candidato a Senador Provincial, jefe de campaña. Peronista heterodoxo, de una formación sólida y distinguida. La certeza de tus convicciones podría haberte convertido en un cuadro de perfil combativo, pero preferiste siempre asumir el rol de componedor. Escuchabas infinitamente, y tus intervenciones eran siempre de relojero suizo. Sabías respetar y eras profundamente respetado dentro del peronismo, y fuera también.

No nos debemos confundir, no fue solo tu trabajo servir a los demás. Tu vida fue servir a los demás. Dar todo, siempre y de la mejor manera. Porque creías en el ser humano y abrazabas la solidaridad como un valor básico de la conducta individual.

Tu sentido del humor: negro, mordaz, e irónico. Te encantaban Capuzotto, Landrisina, Buenaventura y tantos otros. Tu risa era una de tus características más notables y reír era algo que no se podía dejar de hacer estando con vos. ¡Que contento estabas aquella noche de octubre de 2011 cuando compartimos un café muy largo con tu comprovinciano Cacho Garay en Humboldt!

Como buen cuyano, enfrentabas el destino con convicción y te mantenías firme, aunque el viento de la conveniencia soplara para otro lado, o peor aún, soplara de frente. Si la tempestad te pegaba de lleno la mirabas a los ojos y seguías en el mismo camino. Nunca fuiste hijo de ninguna especulación, pero eras tan bueno que no destratabas a los que sí lo son. Aceptabas la miseria humana.

Mendoza te vio nacer, te crió, y bajo un sol de mil soles, te dejo esa tonada que no quisiste nunca abandonar a pesar de que te hiciste tan santafesino como la Setúbal o el Salado.

San Martin alumbró tu infancia y tu adolescencia, entre el polvo seco, las fincas, las acequias, y el paisaje de los Andes a lo lejos. Años bien vividos entre tus padres, hermanos, abuelos, tíos, y amigos entrañables. Lugares y personas de los que siempre hablabas como si «allá» estaría cerca de «acá».

Santa Fe, con su amor por el barrio y su humedad pegajosa, con su claustros académicos universitarios, y su «marche un liso bien frío», fogonearon a ese joven apasionado que llegaba para quedarse para siempre.

Esperanza y Las Colonias, marcaron tu vida adulta, con responsabilidades laborales importantes, nuevos amigos entrañables y proyectos institucionales y políticos en los que fuiste arquitecto y obrero imprescindible.

En esta bendita tierra que elegiste para establecerte, cultivaste y cosechaste el mejor regalo que te dio tu vida: Marta y Pablo Camilo. Ellos son el mayor fruto del amor que fuiste capaz de dar y el más grande de tus anhelos personales cumplido.

Amabas la vida, y todo era un motivo para honrarla y disfrutarla. Las reuniones de familia. Los encuentros con amigos. Un viaje. Preparar tu guiso de lentejas único. Tu trabajo cotidiano en ANSES. Un acto político. Una asamblea sindical. Una pelea de boxeo en la tele. Una buena lectura. La visita a la casa de alguien que te necesitara. Tus infaltables mates. El Diario del Domingo.

Amabas la vida y por eso te aferraste a ella hasta el último momento. Aunque ya no quedaran fuerzas en tu cuerpo para enfrentar una lucha que fue desigual desde el primer asalto.

Amabas la vida, y encontrabas la forma de besarla siempre. En cada cosa, fuera pequeña o importante. Porque todo lo hacías con pasión, humor y entrega.

El día que te fuiste hasta el cielo lloró, tu alma era tan grande que no podía ser de otra manera.

Sé que ya estas tomando mates con tu viejo, cafés con Neruda, escoceses con Walt Withman. Te imagino discutiendo con Camilo sobre mil batallas en la Sierra Maestra, aplaudiendo los encendidos discursos abolicionistas de Lincoln, o discutiendo sobre una letra con Luca. Recordarás mil reuniones con tantos compañeros que ya están allá, y seguramente te tomarás más de un liso con Ariel (mi otro amigo que esta allá en el cielo de los buenos).

Somos muchos a los que mucho nos queda de vos.

De tu humanidad plena e inmensa.

Y eso es una fortuna inmensa para nosotros.

Gracias por todo Sergio querido.

Hasta que nos volvamos a encontrar.

 

«Que la tierra se vaya haciendo camino ante tus pasos,

Que el viento sople cálido a tus espaldas,

Que el sol brille suave sobre tu rostro,

Que la lluvia caiga generosa sobre tus campos,

Y hasta que volvamos a encontrarnos,

Que Dios te bendiga

Y te guarde en la palma de su mano.»

 

(ANTIGUA BENDICIÓN CELTA)