La semana pasada compartimos en Esperancino.com.ar una nota de opinión del periodista Eduardo Marnicco, quien dio su punto de vista sobre la realidad del país, artículo que incluyó diversas objeciones a la marcha de la administración liderada por Mauricio Macri y que llevó como título Cambiemos, el peor gobierno desde el 83.
Ahora otro destacado comunicador de la ciudad, el Lic, Ariel Levatti, mediante un texto de su autoría se refiere a lo que sucede en Argentina, marcando claras diferencias con Marnicco.
Desde el primer día dijimos que este portal de noticias nació para darle espacio a todas las voces sin ningún tipo de condicionamientos, por eso ambos aportes tienen su lugar. Compartimos el escrito del licenciado Levatti que los lunes conduce en Play Televisión Ahora que lo Pienso y además cumple funciones en la Municipalidad de Santa Fe.
Textual
¿El peor gobierno desde 1983?, apuntes para comprender la Argentina de hoy… «Qué lástima Argentina, eras un bizcochuelo. Ahora sos gelatina» (Andrés Calamaro)
Mauricio Macri será el primer presidente civil no peronista que complete su mandato desde 1928 a la fecha, como lo hiciera Marcelo Torcuato de Alvear. Ese sólo dato, mal que les pese a los que sueñan con crisis, estallidos, saqueos y helicópteros, hace que este gobierno (con sus errores y limitaciones) tenga reservado un lugar importante en nuestra historia.
A la otra receta («que se vayan todos» para que vuelvan todos, pero reciclados) ya la conocemos. Y también recordamos los resultados: «el que depositó dólares recibirá dólares» y la devaluación más salvaje de la historia (después del Rodrigazo) durante el gobierno de «salvación nacional» de Eduardo Duhalde.
El de Cambiemos no es el peor gobierno desde la vuelta de la democracia. El de Cambiemos es el gobierno más débil desde 1983 a la fecha. Primero porque Macri es el primer presidente argentino que accede a su cargo por un ballotage. Segundo, porque la acción destituyente del kirchnerismo comenzó desde el minuto cero: la negativa de Cristina Fernández de entregar la banda presidencial refleja claramente una cultura política antidemocrática.
El tercer síntoma de debilidad surge de la coyuntura y el escenario. Pretender que en dos años el actual gobierno resuelva el desbarajuste de décadas y la pesada herencia resulta irracional, injusto o malintencionado. Terminar con las mafias, la corrupción, la impunidad, el nepotismo, la inseguridad, la inflación, la pobreza, el desempleo; resolver la falta de infraestructura, viviendas y servicios básicos; revertir la tragedia educativa que inició el menemismo y profundizó el kirchnerismo; reducir la alta presión tributaria y al mismo tiempo bajar el déficit fiscal; volver a contar con estadísticas y datos oficiales confiables que permitan la correcta planificación de políticas públicas, luego de la manipulación y destrucción del INDEC, y reinsertar al país en el mundo desarrollado; no son cuestiones menores que puedan resolverse de un día para el otro… Mucho menos en un contexto internacional y social adverso, con un alto nivel de resistencia de la población a cualquier tipo de medicina (convenientemente azuzado por dirigentes opositores y ciertos sectores de la prensa).
La batalla cultural
Las ideas populistas forman parte del acervo cultural de los argentinos y de la idiosincrasia que deberíamos cambiar. Me ha ocurrido, recientemente y reiteradas veces, que ante algún comentario proferido a favor de la cultura del trabajo y el esfuerzo recibo como respuesta: «vos estás a favor de la meritocracia», «no todas las personas tienen las mismas posibilidades» o lo que es peor aún «no todos tienen suerte».
La cultura de la demagogia y el facilismo (que también hizo carne en la educación e incluyó en los últimos años la demonización de la llamada «clase media») llega al punto de cuestionar la idea de «garantizar la igualdad de oportunidades» porque tal concepto sugiere una carrera, una competencia, donde cada uno debe valerse de sus recursos y herramientas para vivir y progresar.
El criterio imperante en una porción importante de la sociedad pareciera ser: «mentime que me gusta», «qué lindo es dar buenas noticias», «dibujame un poco el número», frases que merecen incorporarse al «Manual de zonceras argentinas» de don Arturo Jauretche, tantas veces citado como tantas veces tergiversado.
La idea de un Estado protector o el político de turno («patrón de estancia») que venga en nuestro auxilio a resolver todos nuestros males está instalada en el inconsciente de la mayoría de los argentinos. ¿Hay una idea más conservadora? ¿Se puede llamar a esas concepciones «progresismo»? ¿Dónde han quedado la iniciativa, el ingenio, el emprendedorismo que caracterizaron a generaciones de argentinos y que nos hicieron reconocidos en el mundo entero?
Un cambio cultural y una revolución educativa es una tarea pendiente, colosal, que excede a un período de gobierno. No hay cambio posible si no empezamos a sembrar las primeras semillas.
La verdadera grieta
Desde hace décadas nuestro país quedó partido o dividido: por un lado las provincias desarrolladas que lograron integrarse a la sociedad del conocimiento y la información del Siglo XXI (básicamente las provincias del centro), merced al esfuerzo conjunto del sector público-privado, la industria, el comercio, las universidades; y por el otro muchas provincias del interior donde sobrevive un régimen político, económico y social de tipo feudal, además del Conurbano Bonaerense (que fuera motor del progreso en la Argentina del modelo de industrialización por sustitución de importaciones, pero que se ha convertido en campo minado, con enormes bolsones de pobreza y mafias enquistadas). Esta es la verdadera grieta.
Por razones económicas, culturales, políticas y sociales, no tengo dudas de qué lugar deberían ocupar la Provincia de Santa Fe, el Departamento Las Colonias y la Ciudad de Esperanza en los próximos capítulos de la historia y en un debate inteligente y fructífero sobre la Argentina que se viene. Algo que deberemos construir entre todos, con imaginación, ingenio, esfuerzo, mente abierta, sin populismo ni demagogia (¿o te creíste de verdad que en Argentina había menos pobres que en Alemania?).
Los modestos logros de Cambiemos
«El peor gobierno desde 1983 a la fecha», en apenas dos años de gestión y en un contexto sumamente complejo, plagado de adversidades, alcanzó algunos objetivos importantes:
– Cerró un acuerdo de pago con los holdouts y salió del default.
– Eliminó el cepo cambiario.
– Empezó a superar lentamente la recesión, reconociendo y combatiendo la inflación.
– Duplicó las reservas del Banco Central.
– Aumentó el crédito hipotecario.
– Frenó el saqueo de recursos públicos y la corrupción institucionalizada (para muestra vale un botón: actualmente cada kilómetro de ruta le cuesta al Estado -o sea a todos- un 40 % menos que durante el ciclo kirchnerista).
– Reconoció la deuda histórica con los jubilados y propuso un plan de pago.
– Actualizó las escalas y redujo el impuesto a las ganancias que afectaba a millones de trabajadores.
– Lanzó un plan de lucha frontal contra el narcotráfico.
– Elaboró un plan vial que en 4 años duplicará las autopistas del país para mejorar la conexión entre regiones y bajar los altos índices de mortalidad por accidentes de tránsito.
– Impulsó un plan de modernización de aeropuertos y remodelación del sistema portuario.
– Inició un ambicioso plan de infraestructura que comprende obras como rutas, viviendas, desagües, agua potable, cloacas, escuelas, etc. que permite mejorar la calidad de vida de la gente, generar empleo y reactivar la economía (típica receta «keynesiana» que desmiente el carácter «neoliberal» de este gobierno).
¿El peor gobierno desde 1983? Dejemos que la historia y el tiempo pongan las cosas en su lugar. Pero de una vez por todas, cambiemos. Cambiemos de verdad. Lejos de nuestra reiterada adicción a los salvadores de la Patria, los líderes mesiánicos, el cortoplacismo («lo atamos con alambre») y el pensamiento mágico. Tomando el camino, seguramente más largo, del raciocinio, la planificación, la creatividad, el estudio, el trabajo y el esfuerzo. Por una vez, cambiemos en serio. O estaremos condenados, como en el mito de Sísifo de Albert Camus, a arrastrar eternamente la misma y pesada piedra.